Javier Fernández

Una vida sobre hielo

 

POR ESPERANZA NAVARRETE, FOTOS DE ARCHIVO

Javier nos confirma que siempre supo que sus padres iban a estar de acuerdo con sus decisiones, porque siempre le han apoyado incondicionalmente. Javier nos confirma que siempre supo que sus padres iban a estar de acuerdo con sus decisiones, porque siempre le han apoyado incondicionalmente.

Con un bronce olímpico colgado al cuello, dos Campeonatos del Mundo y seis Campeonatos de Europa en su haber, Javier Fernández ha decidido regresar a España. Han sido 10 años fuera de casa, alejado de su familia y amigos, que lo han aupado a lo más alto a este madrileño en el patinaje artístico sobre hielo, un deporte sin ningún arraigo en nuestro país. Sus éxitos y su  buen carácter lo han convertido en una figura popular y muy querida en nuestro país.

 

Dejar atrás su fructífera etapa en Toronto no significa que abandone el patinaje, sino que va a dosificar un deporte que exige una precisión y una preparación extenuantes. “No haré temporadas enteras pero seguiré participando  en competiciones puntuales. Mi cuerpo y mi edad juegan ya en contra, sobre todo teniendo en cuenta  que compito con patinadores con 5, 6 y hasta 7 años menos que yo. Y luego tengo otros proyectos en mente”, confiesa. El primero de ellos es la apertura de un Centro de Alto Rendimiento. El segundo, prepararse para ser entrenador y lo más inmediato es crear un espectáculo tipo Revolution On Ice, que quiere llevar por todas las ciudades españolas.

 

Javier empezó a patinar a los 6 años, más que nada para seguir los pasos de su hermana Laura, pero sus preparadores enseguida detectaron que este deporte se ajustaba como un guante a las características físicas del Lagartija, mote que le venía por ser un niño muy movido. A los 17 años, mientras estaba de colonias en Andorra, un entrenador ruso afincado en Nueva Jersey le propuso que se fuera a EEUU para seguir con su formación. Él no se lo pensó dos veces y dijo que sí antes, incluso, de consultarlo con sus padres: “Sabía que iban a estar de acuerdo porque siempre me han apoyado mucho”, cuenta.

 

“No haré temporadas enteras, pero seguiré participando  en competiciones puntuales. Mi cuerpo y mi edad juegan ya en contra, sobre todo teniendo en cuenta que compito con patinadores con 5, 6 y hasta 7 años menos que yo”.

 

Javier se había trasladado a Canadá para entrenar a las órdenes del antiguo campeón mundial, Brian Orsel, que vio en él un talento propio de los elegidos. Al año ya ganó el primer Campeonato de Europa. Pero los éxitos siempre tienen un coste personal: tuvo que aprender a vivir solo, a gestionar la intendencia de una casa y combinarlo con los entrenamientos. Y todo ello, con conocimientos solo básicos del inglés. ”Son experiencias que te ayudan a crecer personal y profesionalmente”, reconoce.

 

Durante todo este tiempo Javier solo ha regresado unas dos veces al año a Madrid aunque sus padres (un mecánico del Ejército y una funcionaria de Correos) han viajado con él a la mayoría de las grandes citas.  Así como el patinaje artístico era un desconocido en España hasta hace nada, en Japón es un deporte idolatrado. De ahí también nació su relación con la también patinadora, Miki Ando, que ha sido la mujer que más tiempo ha ocupado el corazón de Javier.


Un último dato que define el carácter del patinador español: en los últimos Juegos de Corea, Javier apuntaba el oro, se mereció la plata, arrebatada por un error arbitral, pero fue el hombre más feliz del mundo con el bronce.

 


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